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PADRES FELICES, HIJOS FELICES

22 dic

Padres felices, niños felices…y viceversa

¿Qué significa “ser feliz”? ¿Se encuentra o se aprende? ¿Es una utopía o una posibilidad real?

 

Estudiosos, filósofos, políticos y ciudadanos comunes de todo tiempo y lugar se formulan y formularon preguntas acerca de qué significa, cómo conseguirla o hacerla realidad, para sí mismo y para los seres queridos. En este artículo del Lic. ROLANDO MARTIÑÁ se ensaya una definición, se destacan aspectos sobresalientes y se proponen una serie de recomendaciones para que los adultos colaboren con la felicidad de los chicos.

 

Quizá por considerarla precisamente como un asunto “filosófico”, históricamente la psicología no se ha ocupado lo suficiente de estudiar la cuestión de la felicidad. Sin embargo, a partir de los años ’80, comenzó a hacerse notar una corriente liderada por el afamado Martin Seligman, autor de importantes obras como “Indefensión aprendida”, “El niño optimista” y “La auténtica felicidad”, que la rescató como objeto de estudio.

La lectura y análisis de esta nueva corriente psicológica, y la asociación de una multitud de experiencias clínicas y educativas, nos inspiraron y nos llevaron a desarrollar algunas “ideas-fuerza” que sintetizaremos en este artículo.

Si bien es muy probable que entren en juego predisposiciones genéticas de algún tipo, estamos en condiciones de afirmar que, en lo fundamental, a ser feliz se aprende. O, mejor dicho, aprendemos a transitar la vida con una mayor o menor disposición a verle el lado bueno y a descubrir la posibilidad de disfrutarla.

De lo anterior, se deduce que la felicidad no debe entenderse como a un estado final, definitivo y absoluto. Tampoco como un estado beatífico, carente de problemas y contradicciones. Por el contrario, creemos que no existen experiencias humanas con esas características. Lo que sí es posible es construir climas interpersonales más o menos favorables al bienestar, no entendido éste como mero confort -aunque también puede ser importante – sino como un sentimiento de conformidad básica con la vida y una disposición a disfrutar de sus mejores cosas.

Uno de los requisitos para lograr bienestar es, justamente, aprender a aceptar la vida como proceso. Una mezcla en movimiento de azar y razón, de sentimientos y creencias, de lógica y fantasía, de éxitos y fracasos, para la cual es tan contraproducente pretender controlarlo todo, como permitir pasivamente que todo se nos vaya de las manos. Siempre será bueno tener algo lindo que recordar, algo interesante que hacer y algo promisorio que proyectar.

Otra de las claves, es aprender a manejar las decepciones, afrontándolas como problemas del camino y no como “señales de descarrilamiento” o  como indicadores de la propia y personal incompetencia radical. Porque la inmensa mayoría de los problemas de la vida, no son realmente tragedias irremediables, aunque podemos transformarlos en tragedias si respondemos de manera inadecuada.

En este sentido, consideramos que “Padres, maestros, tutores o encargados” pueden hacer mucho por ayudar a los chicos a desarrollar aptitudes para la felicidad, por ejemplo:

Aprovechar todas las situaciones posibles para divertirse con ellos. Para cultivar el sentido del humor y la alegría. Para verle el lado interesante y lúdico a las cosas. Y, siempre que sea posible, reírse con ellos, (aunque no de ellos).

 

Plantearles desafíos y responsabilidades y procurar que no sean tan fáciles que no requieran esfuerzo, ni tan difíciles que no los puedan resolver.

 

Tratar, dentro de lo posible, de no mostrarse habitualmente demasiado quejosos, tristes o irritados y de no transmitir mensajes de desesperanza. Los niños tienden a “absolutizar” lo que reciben de los adultos, y suelen interpretar esos mensajes de modo depresivo: “todo terminará mal, así que nada vale la pena”.

 

“Prestarles atención”, (aunque, como con humor dice una amiga: “prestar no es regalar”). La confianza básica de los chicos suele asentarse en la convicción de que ocupan un lugar importante en la mente de sus padres. Aunque no la ocupen toda, todo el tiempo. Tener presente al otro, genera y realimenta el estar presente para el otro.  Ambas vivencias entretejen la trama de los vínculos saludables que constituyen una de las fuentes máximas del bienestar.

 

Contribuir a que establezcan ecuaciones razonables entre expectativas, logros  y  proyectos, y recursos, como estrategia para prevenir un exceso de frustraciones evitables. Si lo que espero es desmesurado, todo logro será poco, y si mis proyectos no consideran los recursos para desarrollarlos, corren serio riesgo de ir a parar al desván de las “ilusiones perdidas”. Y nunca ha sido bueno para nadie, tener superpoblado este desván.

 

Ayudarlos a cultivar un optimismo realista en toda situación. No el de palmada en el hombro y “todo bien”, sino el del reconocimiento de los propios recursos, el valor de las experiencias anteriores y sobre todo la confianza en ellos que hemos construido sobre la base de saber “quiénes son y de qué son capaces”. Del “sean realistas, pidan lo imposible”, que cundió en los años ’60 y que podemos reivindicar como expresión poética de la rebelión juvenil, deberíamos pasar al más adulto “sean realistas, hagan lo posible”, cambiando el  “imposible” por “posible” y el “pedir” por el “hacer”.

 

Finalmente, y retomando el título de este artículo, un dilema que muchos padres bienintencionados suelen experimentar, aunque no siempre puedan manifestarlo con claridad, es: ¿los “padres felices hacen chicos felices”? Esta cuestión suele estar ligada a otros clásicos, como la diferencia entre “calidad” y “cantidad” de tiempo que se dedica a los hijos, etc.

Al respecto, nos interesa acercar a los padres nuestra visión de este tema complejo, que las actuales condiciones de vida complejizan aún  más. Consideramos que ser un padre feliz es condición necesaria, pero no suficiente para que los chicos también lo sean, y viceversa. Muchas veces la felicidad de los padres pasa por “ver felices a sus hijos”, pero también, y es esto muy saludable, que también sea fruto del desarrollo de una profesión, la satisfacción que deriva de la vocación o producto de un hobby. Y, como contrapartida, esta felicidad puede ser transmitida a los hijos como tal o los chicos pueden interpretarla como la idea de que “no son lo más importante para ellos”.

Por supuesto, problemaza cuestión no se resuelve renunciando los padres a sus fuentes propias de gratificación, ni sacrificando totalmente sus responsabilidades parentales. Como siempre, se trata de equilibrar, de lograr la ecuación posible en cada caso, concientes de que el rol de padre es, paradójicamente, una tarea a tiempo completo (full time, en inglés) que sólo podemos desempeñar a medio tiempo (part time, en inglés). Será entonces necesario ingeniárselas para demostrarles a los chicos que, a pesar de todo, y sean cuales fueren las complejidades de nuestras vidas,  ellos valen la pena…y, sobre todo, que también valen la dicha.

Lic. Rolando Martiñá

Rolando Martiñá, padre de dos hijos y abuelo de cuatro nietos, es Maestro Normal Nacional, Licenciado en Psicología clínica y educacional. Posgrado en Orientación Familiar, convenio Fundación Aigle- Instituto Ackerman de Nueva York. Miembro del Programa Nacional de Convivencia Escolar, Ministerio de Educación de la Nación. Consejero familiar y de instituciones educativas. Autor de “Escuela hoy: hacia una Cultura del Cuidado”, Geema, 1997; “Escuela y Familia: una alianza necesaria”, Troquel, 2003; “Cuidar y educar. Guía para padres y docentes”, Bonum, 2006; y “La comunicación con los padres”, Troquel, 2007.

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Publicado por en 22 diciembre, 2011 en Uncategorized

 

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